El Observador

San Lorenzo

Murió el Papa ARGENTO


En el cielo, Diego, la Tota, Don Diego y Francisco alientan a Lionel… mientras abajo la hipocresía se viste de luto

Desde algún palco VIP en el cielo –que seguramente Diego se ganó por puntos, no por conducta–, lo vemos. Está con la camiseta argentina puesta (la original, no esa que venden trucha en la calle Florida), con Don Diego de un lado, la Tota del otro, y, cómo no, Francisco, el primer Papa americano y argentino, que no llegó en fumata blanca sino desde Villa Devoto, con una pelota bajo el brazo y olor a estofado de abuela.

Y están todos ahí, alentando a Messi. Porque aunque muchos de los que hoy se rompen la garganta en tribunas virtuales se olvidan rápido, la historia –la de verdad, no la editada en redes sociales– tiene memoria.

Hoy, la sociedad argentina vuelve a hacer lo que mejor le sale: llorar al que destruyó ayer. Se fue el hombre más importante del mundo occidental en lo que va del siglo –y no, no estamos exagerando, no esta vez. El Papa. Jorge Mario Bergoglio. El mismo que fue ninguneado, criticado, caricaturizado y hasta acusado de ser «el jefe de la oposición» por la misma clase política y periodística que ahora hará cola para declararse su “amigo íntimo”.

Y sí, ahora vienen los tuits sentidos, las columnas lacrimógenas, los homenajes de ocasión, las misas de última hora. Todos descubriendo súbitamente que el tipo que vivía en Santa Marta, que andaba en un Fiat Panda y que hablaba de los pobres como si no fueran un número más del INDEC, era un gigante moral. Un líder espiritual. Un argentino. Tarde, como siempre.

Pero allá arriba no hay rencor. Hay fútbol, hay familia y hay memoria verdadera. Diego le pasa el brazo a Francisco y le dice: “¿Viste cómo son estos? Primero te crucifican, después te canonizan”. Y el Papa, sin mitra ni protocolo, le responde: “Bienaventurados los que bancaron de verdad”.

Mientras tanto, abajo, los mismos que lo ignoraron ahora lo ensalzan. Los que se burlaron de su humildad hoy le dedican editoriales de tres carillas. Los que lo llamaron populista ahora lo llaman profeta.

Y así funciona esta sociedad enferma, que le teme al espejo más que al abismo. Capaz de enterrar con honores a los que mató con indiferencia. Porque en la Argentina, la coherencia cotiza menos que el peso.