El Observador

San Lorenzo

Ya tenemos constituyentes

Eslóganes vacíos para cambiar una Constitución que nadie pidió cambiar

Mientras el país lidia con crisis reales —económicas, sociales, de seguridad— una elite política se encierra en salones a debatir un nuevo texto constitucional que jamás fue exigido por la mayoría. ¿Qué buscan? ¿A quién representan?

En medio del ruido, del dólar que no se queda quieto, de la inseguridad que gana terreno y de un Estado que se achica para los de abajo pero se agiganta para los de siempre, un grupo de constituyentes se prepara para escribir la “nueva hoja de ruta” del país. ¿El problema? Nadie se la pidió.

Lo que comenzó como una consigna de campaña terminó por convertirse en una verdad impuesta: “Hay que cambiar la Constitución”. Así, sin debate profundo, sin un diagnóstico real, sin una consulta concreta a la ciudadanía. Porque sí. Porque es “el camino del progreso”. ¿Pero de qué progreso hablamos cuando los hospitales colapsan, las escuelas se caen a pedazos y la inflación se come los sueños?

La escena es casi caricaturesca: slogans vacíos, frases hechas, promesas recicladas y una mesa repleta de nombres que no representan ni la mitad del padrón. Un grupo que se arroga la capacidad de rediseñar el contrato social mientras afuera la gente hace fila para conseguir trabajo, para pagar el alquiler o simplemente para sobrevivir.

Lo más preocupante no es lo que quieren cambiar, sino lo que no dicen. ¿Qué hay detrás de este apuro? ¿Qué intereses están en juego? ¿Quién se beneficia con una Constitución hecha entre pocos, sin calle, sin mandato y sin urgencias reales?

La Constitución actual —con sus luces y sombras— nunca fue el obstáculo para hacer las cosas bien. El problema no es el texto: es la falta de voluntad para cumplirlo. Cambiarlo no solucionará la falta de justicia, de trabajo o de seguridad. Pero sí servirá como excusa para seguir pateando los verdaderos problemas y alimentar la maquinaria discursiva de quienes viven del eterno “proyecto de país” que nunca llega.

Y mientras tanto, afuera, en la vida real, la gente sigue esperando. No una Constitución nueva. Sino políticos que trabajen en serio.